Mi experiencia como un Iron Runner

Si hace exactamente 15 años me hubieran preguntado qué deporte practicaba, mi respuesta clásica era “macateta” ( matatenas, payana o jacks como lo conocen en otras partes del mundo) y la verdad es que ni eso, el único momento en el que practicaba lo más cercano a un deporte era en las clases de educación física del colegio y eso específicamente porque era obligatorio, al igual que durante muchos años lo fue el pertenecer a un equipo de fútbol, el momento que ya no fue obligatorio de inmediato dejé de hacerlo.

¿Por qué ese comportamiento? La verdad es que poco recuerdo ya, lo que tenía claro es que odiaba el fútbol por el simple hecho de que no era bueno para ese deporte y cada vez que intentaba jugar (y de verdad hacía mi mejor esfuerzo) lo único que recibía era insultos de mis compañeros cuando se dejaban llevar por la “emoción” del partido, diciendo lo malo que era y las ganas desaparecían, cuando quise jugar basketball el entrenador del colegio me descartó porque literalmente me dijo que era “muy pequeño” y obviamente poco hábil porque nunca había aprendido a jugar.  Lo único que me llegó a gustar en aquella época eran las artes marciales, específicamente el judo, pero aún así quedó en el olvido, pues no era algo que pudiera compartir y de a poco las ganas se fueron apagando.

Pasaron los años y llegué a la universidad, de acuerdo al estereotipo de ‘cerebrito’ en la sociedad, era un perfecto nerd, estudiaba informática, tenía buen rendimiento académico, utilizaba lentes y lo más cercano a practicar un deporte era jugar ajedrez.  Realmente no puedo decir que me molestaba, siempre he sido contrario a depender o dejar que me afecte lo que dice o deja de decir la gente sobre mi, sin embargo existió un momento que se quedó en mi cabeza, no recuerdo con claridad como comenzó, pero una de las chicas en la U. que ni siquiera era de mis amigas salió diciendo: “pero es que eres demasiado flaquito”.

A pesar de mi forma de pensar, no sé porqué en ese momento mi ego se sintió golpeado, pocos días después, al salir de una fiesta con un par de amigos regresamos a mi casa y les comenté lo que pasó, uno de ellos me dijo ven a entrenar al gimnasio conmigo, por primera vez me interesé y decidí aceptar la propuesta.  Si bien la diferencia era grande, él llevaba mucho tiempo entrenando (en algún momento llegó a ser vicecampeón sudamericano de potencia) y yo apenas comenzaba, puedo agradecer que me tuvo paciencia y me ayudó a ir mejorando, aún cuando después ya no me pudo seguir guiando, fue suficiente para que me motivara a seguir por mi propia cuenta, llegando inclusive a ir totalmente sólo y a veces a las 7 de la mañana.

Adelantando hacia tiempo presente, me acostumbré a mantenerme en forma, encontré la motivación que me hacía falta, pude ver lo divertido de hacer deportes y lo mejor es que la idea se despegó de ser simplemente una razón para “verme mejor”, sino que se convirtió en la razón para mejorar mi salud (tomando en cuenta que en un momento de mi vida llegué a tener cálculos renales y colesterol alto simplemente por tener una vida casi sedentaria y apenas a los 23 años), estar más activo se convirtió en la norma, en general, me permitió lograr cosas que antes no podía.  Fruto de esto andar en bici se convirtió en  un vicio, una excelente forma de moverme y no sólo para llegar más rápido, sino también más divertido, tanto así que terminé formando parte de Guayaquil en Bici.

Con ese mismo espíritu me enteré de la existencia de un tipo de competencias bastante peculiar, carreras de obstáculos y específicamente me llamó la atención una de ellas, el Iron Runner.  Me emocionó la idea a pesar de que nunca había corrido, no era uno de los ejercicios o deportes que me llamaran la atención, sin embargo me lancé al ruedo y con un grupo de amigos formamos un equipo para participar.

Fuimos de los primeros en inscribirnos, aquello fue en febrero del 2012, la competencia tenía fecha de junio 2012, tiempo suficiente como para prepararnos y mejorar en los aspectos que eran debilidades para nosotros.  De forma personal lo que tenía claro era que debía mejorar como corredor, principalmente por la falta de conocimiento, técnica y resistencia cardíaca y del sistema respiratorio.

Parte de la emoción de avanzar dentro de este proceso fue el ver los avances paulatinos, los consejos de diferentes amigos que me fueron enseñando como lograr reducir poco a poco el tiempo que me tomaba, no puedo decir que fui de los más constantes, apenas logré mantener el ritmo corriendo 2 veces por semana, sin embargo fue suficiente para lograr el cambio, de mi primera salida a trotar (5K en 38 minutos) a mi tiempo final (5K en 26 minutos), aprendí que cada segundo es un gran avance y que no se puede cambiar de la noche a la mañana, sino de forma paulatina.  Entrenamos como pudimos, metiéndonos donde podíamos y con los recursos que había a la mano.  Si bien los tiempos de los ganadores eran muchísimo más bajos (de entre 16 a 19 minutos), el haber logrado ese tiempo me sacó una sonrisa, me hizo sentir como un ganador.

El día de la competencia fue por demás divertido, teníamos idea de forma general de los obstáculos que nos enfrentaríamos, pero no de manera específica, nos enfrentamos a barreras que saltar, paredes que escalar, cuerdas que subir y hasta una piscina de agua helada (literalmente, estaba llena de cubos de hielo).  Fue muy cansado, pero divertido y gratificante… Al final la mayoría terminamos agotados, hambrientos y con al menos un golpe o un raspón.

Pero lo más importante y que se quedó en mi cabeza es que quedé con ganas de más, de seguir corriendo, de seguir entrenando así no haya competencia, simplemente porque es divertido y porque me encanta la sensación de poder enfrentarme a obstáculos que antes no hubiera podido ni en sueños.

El único pensamiento que queda es: “nos vemos en la próxima carrera”!

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