Un año después de Startup Chile

Hace poco más de un año atrás estaba casi listo para comenzar una aventura llamada “Startup Chile” con nuestro proyecto Mingamos, sentado en el aeropuerto Comodoro Arturo Merino Benítez (SCL), esperando a que llegara mi socia. Habíamos arrancado cerca de un año antes, después de muchas conversaciones, horas y horas de planificación e intercambiar viajes entre Guayaquil y Quito.

Teníamos una mezcla de emociones, ideas y expectativas sobre lo que sería formar parte del proceso con una de las mayores aceleradoras de startups a nivel global, el objetivo principal que tiene es el de llevar proyectos y empresas innovadoras a Chile y su mayor reto es el lograr que esos proyectos luego se queden y generen inversión, crecimiento y posiblemente logren animar los chilenos a crear y lanzar sus propios proyectos.  Mientras buscábamos opciones para poder establecernos en la ciudad, teníamos al mismo tiempo una sensación similar al primer día de escuela, que no sabes a quienes conocerás, si te va a gustar y si vas a ser “lo suficientemente bueno”.

Y no era para menos, pues si bien habíamos sido seleccionados entre miles de postulantes, también tendríamos de compañeros a emprendedores de diferentes partes del mundo, con proyectos que estaban en diferentes etapas de madurez a la nuestra y que al igual que nosotros, estaban buscando una oportunidad para desarrollarse.

Debo confesar que antes de iniciar me dediqué a revisar la lista de todos los proyectos, y si alguno me llamaba la atención lo investigaba a profundidad, para saber qué es lo que hacían, cuál era su punto fuerte, qué había hecho que los seleccionaran.  En mi cabeza llegó a cruzarse la idea de que me encontraría con un montón de jovencitos genios y que quizá yo ya estaría muy viejo para “competir” con ellos, que serían probablemente genios de negocios y/o tecnología, que tendrían la energía y la fuerza que quizá yo había tenido mucho antes.

Para sintetizar un poco la historia, luego de los primeros días de mil y un trámites, de la búsqueda de departamento, conocer la ciudad, la gente y cómo moverse.  Realmente nos sentíamos como si hubiéramos  regresado a la escuela.  Mis preocupaciones iniciales fueron desapareciendo y se fueron transformando más bien en curiosidad, el temor fue cambiando por respeto, admiración y cariño.

Sin embargo, sí hay algo que llegué a escuchar y se quedó retumbando en mi cabeza, en alguna de las reuniones alguien me dijo: “Nadie de Silicon Valley trabaja con Ecuador”.  Y si bien ese argumento es falso (conozco a varios ecuatorianos que formaron o forman parte al momento de equipos allí), tenía también parte de razón, pero es algo que tuve que responderme a mi mismo con el pasar del tiempo, y mientras iba compartiendo y aprendiendo de los demás, mi respuesta la incluyo al final del escrito (tengan algo de paciencia y lean un poco más).

Y es que descubrí algo diferente, sí bien realmente había proyectos geniales, gente con muchas de las aptitudes, capacidades y conocimientos que imaginé, también quienes formaban los equipos eran seres humanos geniales, que tenían las mismas preocupaciones que nosotros, que estaban luchando por salir adelante, que estaban aprendiendo al mismo tiempo, con quienes podíamos compartir, aprender y ayudarnos.

Mi temor de ser uno de los emprendedores “viejos”, resultó ser infundado, era uno más, si bien había gente más joven que yo, el promedio de edad era cercano a los 30-35, teníamos desde “polluelos” que estaban por terminar su universidad hasta “viejos tigres” con mucha más experiencia y camino recorrido.

Algo que me llamó la atención es que a pesar de que éramos un grupo tan variado (no nos faltaba gente de ningún continente) y por ello el idioma para comunicarnos fue siempre el inglés, las preocupaciones, los problemas y dudas, eran la mismas.  Las experiencias de montar un negocio de base tecnológica, de estar descubriendo el modelo de negocios, era el mismo.  Además que la mayoría estábamos en el mismo punto con respecto a la cultura de negocios en Chile, entender cómo funciona, cómo relacionarse y de qué manera podemos crecer.

Santiago como tal es una ciudad que tiene mucho para ofrecer, pero también tiene un ritmo de vida bastante acelerado, un nivel de polución ambiental alto y los problemas típicos de una ciudad grande, con sus 6 millones de habitantes (cifra oficial, extra oficialmente creo que ese número se queda corto), tiene en sus alrededores comunas adicionales que prácticamente han perdido sus límites y parece que fueran parte de la misma ciudad.  Caminando por el centro de la ciudad o especialmente por el barrio de las Condes puedes llegar a escuchar un sinnúmero de acentos e idiomas diferentes, es una ciudad que se ha vuelto un punto de encuentro.

Adaptarte a eso va a depender de tu ritmo de vida, en mi caso había cosas que me encantaban, y otras en las que hubiera realmente preferido estar en una ciudad más pequeña y tranquila.

Una forma sencilla y muy “geek” de notar la diferencia es usar Meetup y buscar los eventos que hay en la ciudad, si en mi ciudad (Guayaquil) encuentro 1 o 2 actividades por semana, en Bogotá unas 20, en Santiago había fácilmente más 30.  El movimiento de la ciudad es impresionante, siempre hay algo que hacer, siempre está encendida.

Quienes me conocen saben que me gusta mucho la bici, y estando en Santiago eso no fue una excepción, me conseguí una bici para poder escapar del tráfico, del metro y mantener mi cordura.  Pude participar varias veces en las “cicleadas” o como las conocemos en otros lados la Masa Crítica, donde en mi ciudad nos alegrábamos cuando rompíamos “records” con 300 a 400 personas convocadas, allí se decía que fue muy poquita gente cuando el número estaba cerca de las 2,000 personas.

La cultura en la ciudad fue otro cambio al que adaptarse, siempre he escuchado que dicen que Chile es lo más cercano al primer mundo en latinoamérica y que inclusive culturalmente se comparten muchas cosas con Europa.  Pero la verdad es que al final seguimos siendo latinos, con nuestras costumbres, con nuestros problemas y con la protesta eterna de cambio.  Una de las partes curiosas es el idioma, pues si bien hablamos español también, no siempre es fácil de entender los modismos, la velocidad y la jerga diaria de la ciudad.

Uno de mis compañeros en Startup Chile (cuyo idioma nativo era el inglés) decía: Estudié español por 2 años, he practicado con amigos y creía tener un buen nivel, pero aquí casi no les entiendo… A lo que yo le respondí que mi idioma nativo es el español, lo he hablado toda la vida… y aún así, a veces tampoco les entendía.  Vale la pena aclarar que lo digo con mucho cariño, no como crítica, pues simplemente es su idioma, hay que asumirlo como el español chileno, pero los chilenos que han salido de su país no me pueden negar que a veces se puede volver enredado para los foráneos, jajaja…

En la parte de empresa y negocios, Chile de manera general es bastante conservador, manejan un esquema de 45 horas semanales de trabajo, tratan de mantener siempre la estabilidad, asumir muchos riesgos no es la primera opción y es justamente ahí donde desde el punto de vista de las Startups se piensa más en arriesgar, porque dentro del proceso de validación del modelo de negocios lo que más tienes son preguntas que respuestas y el grado de incertidumbre puede ser muy alto.

Uno de los grandes retos es también intentar seguir desarrollando tu proyecto mientras al mismo tiempo necesitas aprender sobre temas legales y tributarios del país, generar conexiones, conocer el mercado, contratar personal, promocionar tu proyecto, en fin, el tiempo que originalmente parecía suficiente, de repente se ve más y más corto.

El proceso original involucraba quedarnos 6 meses, me quedé 8 y mi socia aún está en Chile. Podemos decir que las cosas que esperamos no eran como las imaginamos, aprendimos mucho, tuvimos cambios en el camino, desde conceptos, experiencias y aprendizaje, nos ayudó a re-definir lo que queríamos lograr, pero creo que lo más importante es que nos dejó una nueva familia, una que tiene personas esparcidas por el mundo, de las cuales siempre quedará un fragmento de esos recuerdos, de lo que hicimos, de lo que aprendimos y de nuestro paso por tierras chilenas.

En lo personal, descubrí que podía volver a encender la chispa de la curiosidad, del aprendizaje, que era capaz de seguir creciendo y haciendo cosas con las que podía llegar a un mejor nivel como profesional, como emprendedor y que también aún tengo cosas por enseñar y compartir con los demás.

De vuelta en el país me queda claro que aquí aún tenemos un largo camino por recorrer y que tenemos que subir el nivel, que tenemos que dejar de quejarnos y de encontrar siempre una excusa, que si queremos que el nombre de nuestro país sea recordado o represente algo más que la “Banana Republic”,  que NO nos recuerden únicamente por Galápagos y Montañita, tenemos que trabajar más eficientemente y salir de la mediocridad y para eso hay que partir desde casa…  Salir de la zona de confort y hoy más que nunca recordar que estamos en un mundo globalizado, que hay que estar enterados de lo que está pasando en el resto del mundo, qué es lo que están haciendo, y saber que mañana voy a tener que competir quizá con alguien que está al otro lado del mundo.

Olvidarnos completamente del no se puede, o en otros lugares es así, pero aquí no se puede por X o Y razón, lo que nos diferencia de otros países en esencia no es el idioma o el color de piel, sino la capacidad de cambio y las ganas de que eso sea una realidad.

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