¿Qué pasó con el Ecuador de Bernard?

El 5 de mayo pasado falleció en Ecuador Bernard Fougeres, un francés que llegó al Ecuador en 1965 como muchos otros extranjeros, pensando que sería una pequeña temporada conociendo el país, aprendiendo y luego seguiría su camino, sin embargo se quedó y dejó una huella porque quiso compartir su cultura,  la música su gusto por la buena comida, su visión del mundo y por ello fue recordado con cariño por muchos ecuatorianos que crecimos viéndolo frente a la tele, sin embargo, estas líneas que escribo no son sobre él, sino sobre qué es lo que pasó con ese país del cual él se enamoró.

Entre uno de los artículos que lo describen hablan de un hombre que disfrutó tanto del país que terminó haciendo cosas como tocar el piano dentro del crater del volcán Cotopaxi, ser un viajero incansable y disfrutar de cada pequeña cosa que podía encontrar.

Y es esto mi punto de partida, durante mi vida he conocido muchos extranjeros que llegaron a vivir al Ecuador, desde los rincones más inesperados del mundo, desde vecinos chilenos, colombianos o argentinos hasta españoles, chinos, rusos y árabes, a los cuales creo que la primera primera pregunta siempre era: “¿Cómo diablos llegaste a este país?”.  Quién les habló de este pequeño pedazo de tierra y que los hiciera quedar convencidos de que debían venir y más aún querer quedarse.

Revisando un poco la historia del país siempre ha habido gente que venía de distintas partes del mundo, especialmente en la época conocida como la Pepa de Oro, en donde la mayoría de extranjeros venía atraídos por la explosión en la comercialización de cacao y más de uno terminaba sentando raíces acá.  Así fue como por ejemplo Luis Maulme Bellier otro francés en 1897 constituyó lo que luego se convertiría en la cervecería nacional.

Desde niño siempre escuchaba la referencia de que no importara cuantos problemas tuviéramos, los ecuatorianos éramos gente amable, alegre, que siempre te daba la mano y que las puertas de nuestras casas estaban abiertas para recibir y ayudar a quien sea, sin importar de donde viniera.  Yo siempre creí en eso y es lo que siempre he repetido cada vez que salgo del país, y no por repetirlo como loro, sino porque también es lo que vi mientras crecía, mi familia y amigos siempre han tenido esas ganas de echar una mano, de que si alguien de afuera llegaba era casi una obligación invitarlo a comer para que pruebe nuestros platos, llevarlo a pasear hacer que se sienta en casa.

Y eso coincidía con las historias que escuchaba de los extranjeros que conocía acá, todos reconocían los problemas del país, los económicos, los políticos, los organizacionales, pero siempre decían que había dos cosas que los habían hecho quedarse, la belleza de nuestros paisajes y su gente, más de uno había conocido a su pareja acá y eso se había convertido en la razón para no volver a irse.

Pero avanzando un poco en el tiempo, y siendo yo ahora el que tiene una pareja extranjera, nacieron dudas que hicieron que me pregunte si esto sigue siendo una realidad, porque creo que parte de esos recuerdos o esa inocencia de la infancia me hacía decir dentro de mi cabeza que la gente la iba a recibir como recordaba, que se iba a enamorar del país igual que los demás.

Pero la realidad con la que nos encontramos fue diferente, inicialmente me repetía a mi mismo que era sólo una coincidencia, que la falta de interés por conocer un poco más de su cultura era sólo algo singular, que la amabilidad y esa apertura se iba a mostrar, pero nos encontramos cada vez con más y más casos.

Al pensar en qué pasa con la sociedad comencé a buscar una respuesta que tuviera sentido, lo primero que encontré es el nivel de xenofobia que se ha desarrollado los extranjeros, especialmente contra venezolanos y colombianos, cuando históricamente hemos hablado siempre de ser hermanos, de compartir mucho culturalmente y hasta compartir bandera.

Lo siguiente que llamó mi atención es que muchos de los hijos de esos extranjeros que se quedaron acá decidieron no seguir el camino de sus padres, sino aprovechar su oportunidad, su doble nacionalidad y volver a radicarse en el país de origen de sus padres, ya sea por tener un mejor nivel de vida, acceder a cosas que acá no existen o que son muy difíciles de alcanzar, en general ya no existía ese nexo de cariño con el país, sino tan solo el amor a quienes se les “quedaron” atrás.

Puedo equivocarme, pero mirando hacia atrás dentro de mi propia historia quise tratar de encontrar qué es lo que pudo haber cambiado, será acaso que fui muy optimista dentro de mi infancia y sólo vi lo que quise ver? Me negué a creerlo porque si fuera así no habríamos tenido un Bernard con nosotros, o muchos de los otros extranjeros que han ayudado a darle forma a nuestra sociedad.

Una de las teorías que se cruzan por mi cabeza es el cómo nos pudo haber afectado la crisis de 1999, justamente en donde mucha gente perdió sus ahorros, la clase social media fue convertida en casi inexistente y sólo en ese período hubo cerca de 1 millón de migrantes ecuatorianos que salieron principalmente hacia Italia y España.  Muchas familias se separaron, se convirtió en un punto de inflexión que sin duda no pasó sin dejar rastro.

Al ver la sociedad actual hay una mayor incidencia del individualismo, de asegurarse que yo estoy bien, y eso pudo haber “matado” el espíritu más abierto hacia las necesidades de los demás, a esas ganas de abrir las puertas y recibir con los brazos abiertos a los extraños.  No puedo ser pesimista, ni tampoco absolutista y decir que todo eso desapareció, es claro que aún se mantiene parte de ese espíritu abierto a los demás, pero fue duramente golpeado y así como la crisis económica que tardó muchísimos años en llegar a volver a estar en un punto “normal”, creo que como sociedad también tenemos aún que recuperar esa calma, esas ganas de volver a abrir nuestras puertas.

Sin embargo, con el movimiento migratorio que justamente se ve impulsado por la dolarización de nuestra economía, tendremos que pasar por esa transición de manera muy acelerada y espero que el resultado final no sea el contrario, que queramos cerrar nuestras puertas, sino que más bien estemos dispuestos a enriquecer nuestra cultura, a aprender, a escuchar, a ser más curiosos, compartir.  Porque es la curiosidad la que hace que nos animemos a hacer cosas diferentes, a crecer como sociedad y como país.

Espero que quizá algún día volvamos a poder tener muchas más historias como la de Bernard, en las que la razón principal para quedarse en Ecuador sea el amor por su gente, por su tierra y su calidez.